LA SEPARATIVIDAD
Era un hombre pequeño
y agresivo, profesor en una universidad. Había leído tanto que le resultaba
difícil saber dónde empezaban sus propios pensamientos y dónde terminaban los
pensamientos de los otros. Dijo que había sido un ferviente nacionalista y que
en cierto modo había sufrido por ello. También había sido un religioso
militante; pero ahora había rechazado todos esos obstáculos, gracias a Dios, y
estaba libre de superstición. Afirmó con vehemencia que toda esta charla y
discusión psicológica estaba extraviando a la gente, y que lo más importante
era la reorganización económica del hombre; pues el hombre vive de pan en
primer término, y después de eso viene todo lo demás. Debía producirse una
violenta revolución y establecerse una nueva sociedad sin clases. No importaban
los medios si el fin era alcanzado. Si fuera necesario ellos fomentarían el
caos para dominar y establecer entonces un orden correcto. El colectivismo era
esencial, y toda explotación individual debía eliminarse. Era muy explícito con
respecto al futuro; y como el hombre era el producto del medio ambiente; ellos
modelarían al hombre para el futuro; sacrificarían todo para el futuro, para el
mundo que se iba a instaurar. La liquidación del hombre presente tenía poca
importancia, porque ellos conocían el futuro.
Podemos estudiar la historia e interpretar los acontecimientos
históricos conforme a nuestros prejuicios; pero tener certeza con respecto al
futuro es estar en ilusión. El hombre no es el resultado de una sola
influencia, sino que es inmensamente complejo; y acentuar una influencia
mientras se minifican otras es crear un desequilibrio que conducirá todavía a
mayor caos y sufrimiento. El hombre es un proceso total. Debe ser comprendida
la totalidad y no meramente una parte, por muy importante que la parte pueda
ser temporariamente. El sacrificio del presente por el porvenir es la insania
de los poderosos; y el poder es pernicioso. Estos se arrogan el derecho de
dirigir a la humanidad; son los nuevos sacerdotes. Los medios y el fin no están
separados, son un fenómeno conjunto; los medios crean el fin. Mediante la
violencia no se conseguirá nunca la paz; un estado policial no puede producir
un ciudadano pacífico; por medio de la compulsión, no se obtendrá la libertad.
Una sociedad sin clases no se puede establecer si el partido es todopoderoso; y
ella jamás puede ser el resultado de una dictadura. Todo esto es obvio.
La separatividad del individuo no se destruye por su
identificación con lo colectivo o con una ideología. La sustitución no elimina
el problema de la separatividad, ni puede él ser suprimido. La sustitución y la
supresión podrán obrar por un tiempo, pero la separatividad irrumpirá de nuevo
con más violencia. El temor podrá relegarla temporariamente al trasfondo, pero
el problema estará todavía allí. El problema no es cómo destacarse de la
separatividad, sino por qué cada uno de nosotros le da tanta importancia. Los
mismos individuos que desean establecer una sociedad sin clases, por sus actos
de poder y autoridad crean división. Vosotros estáis separados de mí, y yo de
otro, y eso es un hecho; pero ¿por qué le damos importancia a este sentimiento
de separatividad, con todos sus malos resultados? Aunque existe una gran
semejanza entre todos nosotros, somos sin embargo disímiles; y esta desemejanza
da a cada uno el sentido de la importancia de ser diferente, de estar separado:
la familia separada, el nombre, la propiedad, y el sentimiento de ser una
entidad distinta. Esta separatividad, este sentido de individualidad ha causado
enorme daño, y de ahí el deseo de colectivizar el trabajo y la acción, el
sacrificio del individuo al conjunto, etc. Las religiones organizadas han
tratado de supeditar la voluntad del particular a la voluntad del conjunto; y ahora
el partido, que asume el papel del Estado, hace todo lo que puede para ahogar
al individuo.
¿Por qué nos apagamos al sentimiento de la separatividad? Nuestras
sensaciones son separadas y vivimos de sensaciones; somos sensaciones. Que se
nos prive de sensaciones, agradables o penosas, y dejaremos de ser. Las
sensaciones son importantes para nosotros y están identificadas con la
separatividad. La vida privada y la vida como ciudadano tienen diferentes
sensaciones en diferentes niveles, y cuando éstas chocan hay conflicto. Pero
las sensaciones están siempre en guerra entre sí, ya sea en la vida privada o
en la del ciudadano. El conflicto es inherente a la sensación. En tanto yo
quiera ser poderoso o humilde, deben existir los conflictos de la sensación, que
acarrean la miseria privada y social. El constante deseo de ser más o de ser
menos da pie al sentimiento de la individualidad y de su separatividad. Si
podemos enfrentar este hecho sin condenarlo o justificarlo, descubriremos que
las sensaciones no constituyen toda nuestra vida. Entonces la mente como
memoria, que es sensación llega a estar quieta, deja de estar trastornada por
sus propios conflictos; y sólo entonces, cuando la mente es silenciosa y
tranquila, hay una posibilidad de amar sin el “yo” y lo “mío”. Sin este amor,
la acción colectiva es mera compulsión que engendra antagonismo y temor, causa
de los conflictos individuales y sociales.



